miércoles, 2 de mayo de 2018

₰2: Espera en Samarra

Un cuento de posible origen persa ha servido de inspiración a distintas formulaciones del mismo tema: el fatalismo ineludible. La primera vez lo leí en la versión de Jorge Luis Borges, pero hay otras versiones (Julio Cortazar) y adaptaciones (Gabriel García Marquez). Mi humilde aportación se me ocurrió cuando preparaba un certificado para una viuda, mientras me iba revelando datos de su difunto marido (que por respeto he modificado). También en este caso he dejado que una ilustración termine el relato.

* * * * *
El dr. Lloreno recorría Senegal como encargo para un museo de historia natural cuando la recibió por vez primera. Tras observarle un momento propuso que mejor se vieran en otra ocasión. Así podría velar por su salud.
Y aunque le supuso un gran esfuerzo, dejó de fumar.
Su segundo encuentro tuvo lugar en una calle de Tánger. Acababa de llegar y tenía por delante un largo itinerario. En aquella ocasión le recomendó que mejorase su alimentación.
Subía ágil unas escaleras hacia su despacho en Madrid cuando se cruzaron por última vez. Allí le confesara halagada que había merecido la espera.

No es uno de mis mejores dibujos, pero intenta
representar la ambigüedad que imaginaba.

miércoles, 18 de abril de 2018

Un microrrelato

Hace ya bastante tiempo que no publicaba nada. Estudios (¡a mi edad!), cambios en el trabajo y la ubicación. Excusas, excusas, excusas.
El otro día se me ocurrió un argumento, una pequeña pieza que me planteé sintetizar en 100 palabras y una imagen. Este es el resultado. Espero que os haga reflexionar.

₰1: Atropello
Podría haberla acompañado y acelerado su paso.
Podría haber tomado otro camino o haberse entretenido, como solía.
Podría haber circulado más despacio. Pudo parar. Pedir auxilio.
Intenté por todos los medios a mi alcance que siguieran buscando al conductor. Removí cielo y tierra. Cuando pasó un tiempo y ya nadie recordaba el accidente, acudí al único que entonces podía ayudarme.
No pregunté de qué medios se sirvió. Y no hizo falta que me advirtiera que de nada serviría ante un tribunal. Solo era un nombre y ninguna prueba.
Aunque gracias a él conseguí que la justicia volviera la vista atrás.



domingo, 19 de febrero de 2017

§91 Bacalao yankee

Para hacer esta muralla,
tráiganme todas las manos:
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Ay, una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte.
—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—Una rosa y un clavel…
—¡Abre la muralla!
...
Jorge Guillén, "La muralla" en La paloma de vuelo popular (1958)
Quién no ha oído aquello de que el hombre tropieza dos veces en la misma piedra. A lo que debería añadirse que la existencia misma de la piedra impele la pronta llegada de otro animal dispuesto a toparse con ella, pero esto nos alejaría de la propia naturaleza del problema, la bestia. Por si esto no fuera bastante, parece que han descubierto un espécimen que a estas alturas de la historia aspira a recuperar todos los malditos tropezones para construir un muro en rededor suyo, hito a su mayor gloria.
Aquellos que tengan simpatía con los argumentos de estos constructores deberían plantearse si les parecería lo mismo estando al otro lado de la valla. Y no hace falta que sea por error, vale un simple arbitrio. Aunque, por otra parte, tampoco eso importará tanto como el hecho de que alguien haya querido erigir un monumento a la irreconciliación visible desde la estratosfera —en las noches claras destacará su iluminación subrayando la impresión—.
Y defiendo que no importará, porque quién dice cuál es el lado correcto, qué parte queda al resguardo y dónde termina la libertad. Un fortín adquiere ser en sus defensas y éstas se levantan cual muros de una prisión. De hecho, muchas fortalezas acaban siendo usadas como cárceles, porque lo que se necesita son paredes infranqueables.
Pero no es un caso aislado. Y no me refiero sólo a las barreras físicas. Constantemente se nos pide un posicionamiento sobre cualquier cuestión, sin que nos planteemos a qué obedece esa insistencia machacona. La estrategia (me temo) consiste en obligar al individuo a tomar partido en un juego infinito de opciones banales —no quiero poner binarias, aunque lo sean, para evitar confusiones—. De esta forma se le acostumbra a dar respuestas simples, antes incluso de que se plantee dudas que propiciarían un parecer. El elector termina creyendo tener una opinión, por el hecho de poder elegirla. Y con ello, se consigue reducir los resultados no deseados —¿hace cuanto que no haces una búsqueda avanzada en un buscador? ¿porqué esa opción no se encuentra fácilmente? ¿tienes activadas las predicciones de google instant? ¿recuerdas haberlo hecho?—. Dicho de otra forma, el objetivo radica en economizar esfuerzos, anticipando una ventaja, incluso en los escenarios más desfavorables.
Por ello, contra la simplificación impuesta, no cabe la oposición (utilizando el mismo razonamiento), sino el ejercicio de la tolerancia: en primer lugar reconocer que haya otros puntos de vista, que coexisten y aportan, como mínimo, la riqueza de la diversidad; y seguido, ponerse en su piel, aunque solo sea de prestado y por un rato.

Escena de Dallas, ciudad fronteriza (Stuart Heisler, 1950)

Una conversación casual me recordó la endiablada retórica de Reb Hollister, que siempre me hizo mucha gracia. Su parlamento, que en nada debe envidiar a uno de los hermanos Marx, preludia uno de los temas más utilizados y efectivos de la comedia americana, el intercambio de identidades y cómo resulta ser la forma más acertada de resolver los conflictos —me pregunto si es gracioso por poco habitual en el western—.
Los dos personajes, que han convenido cambiar de chaqueta —sin mucho convencimiento, cierto, ya que comporta el cambio de bando en su guerra civil, además reciente—, se comportan de forma tan inequívoca que no se comprende fuera de la comedia. Y sin embargo, tras un sutil encadenado (que no supone que hayan pasado mucho tiempo cabalgando) alcanzan tal grado de camaradería que se sinceran sobre sus intenciones, sin asumir las consecuencias de lo que están a punto de emprender. Me costó un poco darme cuenta de que son dos combatientes y que en situaciones extremas se confraterniza con facilidad.
Que haya tenido que madurar esta escena fue lo que me llevó descubrir un elemento inesperado —no es nuevo, pero me había pasado indiferente—: el "insulto irrelevante". El uso de una imagen inconexa como calificativo genera tal desconcierto que se sofoca la respuesta más allá del "no me llames tal cosa" o "a qué te refieres con eso". Podría ser otra muestra de compañerismo o mera discreción entre sujetos armados, un desahogo o simple mala costumbre, como las diatribas y exabruptos que espeta el Capitán Haddock: troglodita, ectoplasma, anacoluto o vegetariano, que no quieren ser realmente ofensivas. Aunque, evidentemente Hergé estaba condicionado por la opinión de su público familiar.


Pero, lo que son las cosas —a lo que lleva rebuscar un poco—, Haddock es como se conoce en Gran Bretaña a un tipo de bacalao, el eglefino, cuya característica física más notable (según la wikipedia) es una línea lateral negra a ambos lados —si llega a ser amarilla es la repanocha— y que desgraciadamente ha sido esquilmado por el hombre. El de la piedra. Al que habría que llamar "bacalao", "merluzo" (alambolo, carioca, cría, ilus, legatza, pijotilla, pitillo) o cosas peores. Sí, sí, también el del muro, que por haber perdido el norte, quiere que perdamos el sur.
Perder el norte, perder el sur, pareciendo cosas tan distintas, significan lo mismo: arrancarnos lo que nos hace mejores, el equilibrio entre libertad personal y solidaridad.
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El Capitán Archibaldo Haddock es un personaje ficticio de la serie de historietas de Las aventuras de Tintín, creada por el dibujante belga Hergé. Como mejor amigo de Tintín, el capitán Haddock se dio a conocer en el episodio de El cangrejo de las pinzas de oro y poco a poco fue ganando protagonismo en las aventuras del reportero.
Una de sus características es actuar como contrapeso de Tintín gracias a su sarcasmo tosco, en momentos en los que el protagonista se vuelve demasiado "idealista".
El nombre de pila del personaje no fue revelado a los lectores hasta el último álbum que Hergé publicó, Tintín y los Pícaros. El apellido del marino surgió en una conversación que el autor había mantenido con su esposa, en la cual ella mencionó que el haddock "era un triste pez inglés".
El capitán es descendiente de otro famoso hombre de mar, el caballero Francisco (François) de Hadoque, marino al servicio del rey de Francia y gran enemigo del pirata Rackham el Rojo.
Haddock suele presentar una vocación de caballero a la antigua usanza, opuesta a un hombre de la alta sociedad europea, sobre todo tras el descubrimiento del tesoro de sus antepasados y su establecimiento en el castillo de Moulinsart (traducido como Mansión Pasador). En efecto, un whisky y una buena pipa cerca de la chimenea parecen representar sus ideales de vida más profundos.
Otra de las características de este personaje es su gusto por el alcohol (sobre todo el whisky), aunque aquí hay que diferenciar dos etapas de su vida claramente distintas: antes de su encuentro con Tintín, el marino era un borracho digno de lástima, maltratado por su lugarteniente Allan Thompson. Tras conocer al reportero, las cosas cambian (aunque no de forma inmediata) para el capitán, aunque no siempre haga honor a su título de Presidente de la Liga de Marinos Antialcohólicos.
Sin embargo, es su lenguaje lo que ha hecho famoso a este personaje, sobre todo los exabruptos que lanza. En el momento de la caracterización del personaje se le presentó un problema a Hergé. Como navegante, Haddock debía tener un vocabulario muy variopinto, pero Hergé no podría usar palabras gruesas, ya que sabía que parte de su público lector incluía niños. La solución le vino cuando recordó alrededor de 1933, poco después de que se firmara el Pacto de las Cuatro Potencias, haber escuchado a un comerciante usar la expresión "pacto de las cuatro potencias" como un insulto. Pulsado por este uso de un "insulto irrelevante", Hergé hizo que el capitán usara palabras extrañas o esotéricas que no eran realmente ofensivas, pero que proyectaría con gran enfado, como si fueran insultos muy graves. Estas palabras abarcaban una variedad de áreas, a menudo relacionadas con términos específicos de los campos de estudio científico.
La idea tomó forma rápidamente; la primera aparición del argot "Haddockiano" fue en El cangrejo de las pinzas de oro, cuando el capitán se enfrenta a una banda de jinetes bereberes gritando expresiones como "troglodita" y "ectoplasma". Este uso de insultos variopintos probó ser un éxito y fue un pilar en futuros libros. Consecuentemente, Hergé empezó a recolectar este tipo de palabras para usarlas en los estallidos de Haddock, en ocasiones incluso buscando en diccionarios para inspirarse. Como resultado, los insultos del capitán Haddock empezaron a incluir "bachi-bazuk", "visigodos", "cleptómano", "anacoluto", "parásitos", "vegetarianos" y "ectomorfo", entre muchos otros, pero ninguno considerado realmente un insulto.
En una ocasión, Hergé hizo que el capitán gritara la palabra "neumotórax" (una emergencia médica causada por el colapso del pulmón contra el pecho). Una semana después de que la escena apareciera en la revista de Tintín, Hergé recibió una carta de un padre cuyo hijo tenía tuberculosis y había sufrido un colapso de pulmón. Según la carta, el niño estaba destrozado porque su cómic favorito hiciera burla de su propia condición. Hergé escribió una disculpa y retiró la palabra del cómic. Más tarde se descubrió que la carta era falsa, escrita y mandada por su amigo y colaborador Jacques Van Melkebeke.
Además de sus muchos insultos, las expresiones más famosas del capitán Haddock consisten en varias permutaciones de dos frases: ¡Mil millones de millares de mil demonios! y ¡Mil millones de rayos y centellas! (o rayos y truenos). Haddock usa tanto estas expresiones que Abdallah se dirige a él como Mil rayos. Fuente wikipedia

viernes, 6 de enero de 2017

§78 El argumento del tercer hombre

Los chinos utilizan dos pinceladas para escribir la palabra crisis. Una pincelada significa peligro, la otra, oportunidad. En una crisis toma conciencia del peligro, pero reconoce la oportunidad.
In the Chinese language, the word "crisis" is composed of two characters, one representing danger and the other, opportunity.
John F. Kennedy (discurso en Indianapolis, 12-04-1959)
LISA: —The Chinese have the same word for crisis as opportunity.
HOMER: —Yes, Crisitunity, you're right!


Todos hemos sido niños alguna vez. Y por ello, crédulos.
Durante un tiempo la fórmula [crisis = peligro + oportunidad] tuvo tanto predicamento que parecía una moraleja sacada de una fábula de Esopo o Samaniego o de El arte de la guerra —para mantener el toque oriental—.
Aunque cuando alguien me suelta del tirón la cita le concedo un tiempo adicional para que la culmine haciendo referencia a Lisa o Los Simpson en un guiño a mi complicidad. En su defecto, deseo con fervor que apunte el socorrido "alguien dijo", restándole la seriedad justa para que lo pueda tomar como una muestra más de la sabiduría popular —no es desprecio, simplemente que no está lejos de la cháchara insustancial—. Lo que me parece lamentable es que se conozca la autoría de Kennedy —tampoco es desprecio, sino tristeza, por lo que prosigue—.
La era de los buscadores de Internet nos ha privado de muchos momentos de animada controversia y algún que otro 'qué te juegas' que nunca debió producirse en un bar. Pero creo a pocos tertulianos rebuscando la cita en el discurso de Indianápolis del 12/04/1959. Y aquí incluyo a los auténticos culpables, a todos los que han copiado la decorativa traducción de las pinceladas en sus libros, sus clases y sus webs y que por pereza la han reducido al contenido de una galletita de la fortuna —cuyo origen no es China, sino San Francisco y Los Angeles (ver wikipedia)—.
When written in Chinese, the word "crisis" is composed of two characters - one represents danger and one represents opportunity. The danger signs are all around us. With less than half our productive capacity the Soviet Union has at least equalled us in several crucial areas of military science and technology. Since World War II a devastated Russia has rebuilt its factories, harnessed its rivers and regimented its manpower in such a way as to challenge us in many fields of science and technology where we were for so long supreme. Sputnik is a symbol - the symbol of Soviet concentration on scientific education and development - at the expense, it is true, of the immediate needs of the Russian people. Fuente jfklibrary.org
¿No es esto un panfleto?
Lo que me lleva a concluir que la mayoría, durante esta crisis hemos tenido que buscar motivación o consuelo en algún consultor. O nos lo ha procurado la empresa para la que trabajamos.
Sin tener que acudir los argumentos que desmontan su lógica (se cita un artículo de Victor H. Mair, de la Universidad de Pennsylvania, p.e. en la wikipedia) y que ésta pueda llevar a conclusiones dañinas del tipo: ¿cómo puedo utilizar la crisis en mi beneficio? me pregunto ¿qué rigor le supone cómo se escriba en China? La frase sólo es ejemplo de una oratoria brillante y, fuera de contexto, un buen mantra para repetir en una sesión de "emprendizaje".
Como decía, crédulos. Pero también muy influenciables.
He repasado el concepto de coaching, y me voy a aventurar a resumirlo, asumiendo los riesgos de tal práctica, como complemento de la escena siguiente:
  • se basa en el compromiso de un entrenador en que el alumno, dispuesto a realizar los esfuerzos necesarios, conseguirá ciertos logros en un plazo establecido;
  • se han de elegir unos objetivos concretos, diseñar un plan específico de acción y hacer comprobaciones periódicas para corregir dificultades particulares del sujeto
  • y la máxima efectividad exige un elevado grado de confianza recíproca.

Escena de  Los intocables de Eliot Ness (Brian de Palma, 1987):

Ya he comentado en alguna ocasión que, seguramente por algún desajuste de mi historia, tiendo a relacionar las relaciones laborales —solo puedo hablar de las que conozco— con el cine de gangsters. Si bien, en esta ocasión, los personajes están en el lado de los buenos (de los que no son gangsters, se entiende).
Y que me gustan las manzanas:
If you're afraid of getting a rotten apple, don't go to the barrel.
Get it off the tree.
(En mi opinión, barril queda mejor que cesto por aludir sutilmente al modo de almacenar alcohol) 
Claro que la estupenda Infiltrados (Martin Scorsese, 2006) se encargaría de probar que ni del árbol; algo que, por cierto, ya habían dicho unos chinos de Hong Kong en la no inferior, Juego Sucio (Andrew Lau y Alan Mak, 2002) en la que basa su trama.
El fragmento seleccionado contiene dos instantáneas, parte de una sucesión que concede a Sean Connery todo el protagonismo de un perfecto instructor (una relación tipo jedi-padawan). En ese momento siempre me pregunto ¿dónde se ha escondido este tío todo el tiempo? Porque con su carisma, si sigue vivo, tendría que ser el jefe de todos los corruptos.
Connery ganaría su Oscar por este personaje "secundario", aunque hay que recordar que sus anteriores trabajos en El nombre de la Rosa (Jean Jacques Annaud, 1986) y Highlander (Russell Mulcahy, 1986) le habían preparado convenientemente.
Y el personaje de Kevin Costner sí que queda en un segundo plano, lo que, por cierto, encaja muy bien con el hecho de que, si bien sus acciones hicieron mella, sobre todo económica, en la organización de Al Capone, fue Andrew Mellon quien logró llevarle finalmente ante la justicia y la condena por evasión de impuestos.
Pero hay que reconocer que la elección de Los Intocables como lema (es el principal motivo por el que se le recuerda) demuestra su gran aprovechamiento del curso y le hubiera capacitado para impartir.
Una de las críticas que suelen recibir los seminarios de liderazgo se centra en la superficialidad del método, que tiende a exacerbar los sentimientos de superación y competitividad a corto plazo, alimentando cierto grado de euforia casi etílica, pero que rinde resultados estériles a largo. Lo cierto es que Eliot Ness fue ascendido a jefe de investigación mientras su unidad era desmantelada, tras la operación, para hacer hueco a la Administración Federal del Alcohol en el año 1935.
En 1968, con la aprobación del Acta de Control de Armas, la agencia cambió de nombre a División de Armas de fuego, Alcohol y Tabaco, más conocida por las iniciales "ATF" (Alcohol, Tobacco y Firearms). En 1972, el Presidente Nixon firmó una Orden Ejecutiva que creaba una oficina separada para el Alcohol, el Tabaco, y las Armas de fuego dentro del Ministerio de Hacienda.

¿Y qué fue de Ness?


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En 1935 Eliot Ness fue nombrado Director de Seguridad por el alcalde de Cleveland. Allí se tuvo que enfrentar a los espeluznantes crímenes de El asesino del Torso, entre 1934 y 1938; que no solo no pudo resolver, sino que fue duramente criticado por utilizar prácticas propias de "los intocables", como prender fuego a un campamento de desocupados (wikipedia) o del brutal interrogatorio al que fue sometido Frank Dolezal, que aparecería convenientemente ahorcado antes de ser juzgado (El Español). En 1942 se trasladó a Washington para luchar contra la prostitución (no encontré nada de sus logros). En 1947 se presentó para la alcaldía de Cleveland, tras una serie de infructuosos negocios. También sin éxito. Se divorció por segunda vez y comenzó a pasar la mayor parte de su tiempo libre en bares bebiendo y contando sus viejas historias sobre sus años luchando contra el crimen organizado. Por aquella época trabajaba como electricista, dependiente e incluso vendiendo hamburguesas congeladas para ganarse la vida, hasta que una empresa, en 1953, especializada en poner marcas de agua en documentos y papeles oficiales le contrató por su experiencia como agente de la ley. Se trasladaría con posterioridad a Pensilvanía tras una reubicación de la empresa, para morir el 16 de mayo de 1957 de un ataque al corazón.
Casi cuarenta años más tarde, sus cenizas, olvidadas en el garaje de un pariente lejano, fueron arrojadas en la laguna del cementerio Lake View de Cleveland. Fuente La historia compartida de César del Campo de Acuña.

P.S.: Por cierto, Sputnik, Спутник, puede traducirse como 'compañero de viaje' —¡no sabía dónde ponerlo!— y el término blueness no es ninguna contracción de blues de Eliot Ness.
... más triste que un torero al otro lado del telón de acero
Joaquín Sabina

martes, 27 de diciembre de 2016

§86 Realidad virtual

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.

Éste es el niño Amor, éste es su abismo.
¿Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!
Francisco de Quevedo

Me contaba un compañero que en una escapada de fin de semana había hecho parada rápida en Avila para una visita al Palacio de Polentinos, reconvertido desde 1993 en Archivo histórico militar, y que alberga un museo. La gracia y pertinencia del asunto está en que su hijo Diego, ante uno de los maniquís uniformados que jalonan el recorrido, exclamó:
—¡Mira, papá, un hombre disfrazado!
No hace demasiado tiempo, la sala habría estado llena de público y algún transeunte ofendido le habría interpelado por la interferencia o por infantil. Pero en la actualidad el ejército es materia que no se airea y los museos inspiran poco o a rancio. Así que su definición se me antoja imprecisa solo por lo que al primero se refiere: el hombre, o el muñeco, según se mire.
Aunque la imagen, trasunto de la sociedad que nos ha tocado, da para más reflexiones. Así, el remedo simula ser un hombre y el uniforme le convierte en soldado. Le sitúa en un contexto, perteneciente a un grupo o un bando, con una identidad y unos valores (disciplina, valor, protección, lealtad y sacrificio), que hoy son tan poco estimados, ¡que se le tacha de títere! Como la mona de la seda. Y es que el alistamiento viene de lista y no de listo (y resulta una aceptable salida profesional y no lo contrario).
Si hablamos de indumentaria, solo hay que ver a frailes, payasos, cocineros y policías (si encontramos alguno). La utilería adecuada también es parte indispensable, aunque parezca que no hayan evolucionado el agricultor, el sastre o el médico. Es curioso que alguno de los citados haya sabido reconvertirse y, como las glorias del celuloide, pueda exprimir su caché en televisión. Esto me conduce a la interpretación.
Cuando el actor afronta un papel empieza con la ficha de su personaje, rellenando los huecos de su currículum vitae, para que se adapten al guión, como si se tratara de una entrevista laboral. Estar correctamente ataviado también le ayuda a meterse en su piel, comprender cómo se siente y cómo se desenvolverá después —también del traje— o qué voz tendrá (en el teatro romano a la máscara se la denominaba per sona, literalmente "por sonido", ya que la voz era un rasgo fundamental para la identificación de los papeles, como actualmente lo es para los doblajes de los actores famosos).
Imaginemos a Simon, un vendedor de coches que finge ser un espía en apuros, como método para seducir fácilmente a las mujeres. Harry, un agente de contraespionaje, trata de parecer un vendedor de suministros informáticos; aunque lo más grave es que trate de demostrarle a su pareja que su trabajo es apasionante. Juno, ejecutiva de una empresa de importación de arte, tapadera de grupos terroristas —no puedo evitar que me asalte la imagen de unos puzzles en los que cabezas, cuerpo y pies son intercambiables (¿a lo mejor Cameron tuvo uno?). Pero creo que me estoy desviando...—
Prácticamente todos los personajes tienen otro trabajo vocacional, de riesgo asegurado, que gana en importancia sobre la propia vida. Salvo Helen, que aunque también engaña, es exactamente lo que parece: una mujer crisálida a punto de metamorfosear (por cambio total e irreversible). Algo así cuenta Mentiras arriesgadasMentiras verdaderas en Hispanoamérica, que sí refleja el oxímoron del título original, True lies—.
Escena de Mentiras arriesgadas (James Cameron, 1994)


[Para los que buscan los créditos musicales: I Never Thought I´d See The Day (Sade), Alone in the Dark (John Hiatt) y Shadow Lover (Brad Fiedel)] 

La elección de la escena se debió, en parte, a las trabas a la divulgación de contenidos por parte de la Fox (curiosamente en España solo la ha editado en DVD, inicialmente licenciada por Universal y sin ningún extra), porque mi primera opción era la escena del corvette: Bill Paxton y Arnold Schwarzenegger llegan a intercambiar asiento, mientras la cámara transita de un lado a otro mostrando sus perfiles. Los dos de ambos. No los profesionales, los de sus caras. Bueno, también —a mi jefe seguro que le encanta cómo Simon intenta cerrar la venta, como buen profesional que es. Mi jefe, evidentemente—.
El coche, que fue diseñado para convertirse en el deportivo americano, estuvo a punto de ser descartado (de la y no por la cadena de producción) por su escasa potencia y su rígida suspensión trasera —no me extraña que Arnold, en la escena, quisiera pensárselo un poco—. No fue hasta que el ingeniero exiliado soviético Zora Arkus (luego, ex-soviético) le metió mano a su motor V8, cuando comenzó su leyenda (el modelo que aparece no es el clásico moderno, sino el de 1958, con ópticas dobles solo en el frontal).
No me resisto a añadir que la cantidad de destellos que se le colaron al operador deben de ser la causa de la obsesión de Cameron por la posición del sol —me refiero evidentemente al rodaje de Titanic, de 1997—.
La escena del estriptis (de strip, desnudo y tease, engañar) es de una de las más recordadas y está entre las más sensuales  —"doucement"— que se han filmado. No le quita ningún valor la referencia más que evidente a Nueve semanas y media (Adrian Lyne, 1986) de la coreografía, el claroscuro, la sumisión ciega y la elección musical; su secreto está en la original parodia de Jamie Lee Curtis, en línea con su papel en la más lograda Un pez llamado Wanda (Charles Crichton, 1988); "la graciosa torpeza, un principio de éxtasis", parafraseando al simpar Jorge Luis Borges (El aleph, 1945).
Como prueba de la importancia que tiene en la película, se puede revisar la francesa Dos espías en mi cama (Claude Zidi, 1991) —que no he podido encontrar en español—. He leído, en varios sitios, la animada decepción de los espectadores que ya conocían las "Mentiras", al no encontrar la discreta exhibición de Miou-Miou y poco sobre los reciclados americanos, el caos controlado y sus armas inteligentes.

 Del canal Diaries of a Movie Geek

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El oxímoron (une los lexemas ξύς oxýs: ‘agudo, punzante’ y μωρός morós: ‘fofo, romo, tonto’, por tanto, él mismo es un oxímoron), dentro de las figuras literarias en retórica, es una figura lógica que consiste en usar dos conceptos de significado opuesto en una sola expresión, que genera un tercer concepto. Dado que el sentido literal de oxímoron es opuesto, ‘absurdo’ (por ejemplo, «un instante eterno»), se fuerza al lector o al interlocutor a comprender el sentido metafórico (en este caso: un instante que, por la intensidad de lo vivido durante su transcurso, hace perder la noción del tiempo).

Para los que gusten de ellos, la página oximoron.com. Yo me quedo con la soledad compartida del blogger.

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martes, 6 de diciembre de 2016

§85 Delirio de negación

- ¿Quién eres tú?
- La muerte.
- ¿Es que vienes por mí?
- Hace ya tiempo que camino a tu lado.
- Ya lo sé.
- ¿Estás preparado?
- El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Espera un momento.
- Es lo que todos decís, pero yo no concedo prorrogas.
- Tú juegas al ajedrez, ¿verdad?
- ¿Cómo lo sabes?
- Lo he visto en pinturas y lo he oído en canciones.
- Pues sí, realmente soy un excelente jugador de ajedrez.
- No creo que seas tan bueno como yo.
- ¿Para qué quieres jugar conmigo?
- Es cuenta mía.
- Por supuesto.
- Juguemos con una condición, si me ganas me llevarás contigo, si pierdes la partida me dejarás vivir.
- Las negras para tí.
- Era lo lógico, ¿no te parece?
Diálogo de Antonius Block y la Muerte en El Séptimo Sello (Ingmar Bergman, 1957)

—¡Qué cosas!— Un día escucho en una emisora la incredulidad del locutor de que pueda existir algo como el síndrome de Cotard —volvía a casa escuchando música ochentera, cuando de pronto salta con lo del trastorno, ¡lo juro!—. El también llamado delirio de negación o nihilista es una enfermedad mental relacionada con la hipocondría, en la que el afectado cree estar muerto (que sus órganos se pudren) o que simplemente no existe, vaga como un espectro o es incapaz de tener una muerte. Fuente wikipedia.
Esto no hubiera pasado de curiosidad enciclopédica, de las que me gusta guardar para luego, de no estar atando cabos tras ver El hombre de Londres (Béla Tarr, 2007). Su argumento me parecía que se articulaba en torno al dinero como elemento maléfico —que sea robado le da ese carácter y que de los ricos se diga que están "podridos de dinero", me parece una genial coincidencia— que lastra la vida de con quienes se cruza. Y esto se relacionaba con algunos acontecimientos recientes míos y el destino de una herencia familiar —no por latrocinio, ¡valga Dios!, sino por monetización—. Aunque más tarde que pronto me di cuenta de que se trata de un mcguffin y que los personajes sólo tienen la ilusión de poseer, pero no pueden disfrutar, algo valioso; en castellano, la expresión "papel mojado", lleva implícita la pérdida de valor o el menosprecio, semejante al efecto que suele tener el agua para el director.

Escena de El hombre de Londres

La escena comienza con un descenso vertical de la cámara sobre Maloin y su hija, a quien acaba de sacar del trabajo para evitar que la sigan explotando. Cuando se corra la voz, no tendrá muchas posibilidades de encontrar otro trabajo y, de propina, tendrán que afrontar una demanda por incumplimiento de contrato. Luego la chica le pregunta por la pipa nueva (de espuma de mar, como la de Holmes), el único lujo personal que se ha permitido tras encontrar el maletín, que ha pagado con parte de los ahorros sustraídos de un cajón de su casa. Cuando salgan de la taberna irán a comprar una bufanda de piel de zorro para la chica (en la novela la viste a capricho de arriba abajo). Mientras, el tabernero se lamenta del dinero perdido con el inglés, al tiempo que manosea a la prostituta del muelle al precio de una copa. Ella, impasible, le acompañará sólo si no encuentra otro partido mejor. De la juerga de los parroquianos hablo más adelante.
El autor se toma su tiempo (es la marca de la casa) en encuadrar la decadencia. No esa decadencia romántica que rezuma estilo propio, sino la de los objetos viejos, los que nunca llegarán a antigüedades. Para dar testimonio de que el mundo se ha extinguido y ha quedado en un estado de ruina perpetua.
Todo me lleva a pensar que los personajes han llegado a un punto sin retorno, marcado por el fracaso de sus posibilidades (si es que las tuvieron alguna vez). En la agonía de un eterno presente, en el que no se vive, se padece: el cuarto círculo del infierno. El mundo actual. El fracaso universal de la humanidad.
Tarr por primera vez adapta una obra de un autor tan alejado de su concepción artística como pueda ser George Simenon y la desubica en tiempo y geografía para hacerla espectral: el detalle de que los extranjeros procedan de Londres, lo que podría ser otro mundo, habla de una distancia no solo física —el Brexit no surgió porque sí—. Prioriza la sensación de estar atrapado permanentemente por un pasado, por las decisiones, por todos los compromisos, por los horarios, su familia, el trabajo, la ley ... De forma que sus personajes deambulan por un continuo de días y noches brumosos, donde han de realizar las mismas tareas, una y otra vez. Como Sísifo, quien disfruta irónicamente de la inmortalidad (literalmente se negó a morir), condenado a empujar una piedra hasta la cima de la montaña, en un frustrante proceso que no puede culminar; tenido por astuto, también por mentiroso, se cree que utilizaba a menudo métodos ilícitos para hacerse con las riquezas de los viajeros.
De aquí podría deducirse que se aleja del texto literario (1933), pero hay muy pocas variaciones (la habitual simplificación de diálogos y personajes, y el desenlace, aunque solo por su mensaje). Solo es una sensación. Es la forma que tiene Tarr de narrar, centrado en inmanencia de los personajes, dejando en segundo plano el argumento: para evitar que el espectador se quede con la superficialidad, sitúa los personajes de espaldas a la cámara, obligando al espectador a tomar su lugar si quiere comprender qué le ocurre (en lugar de qué ocurre). Otras veces, mantiene el encuadre, aún cuando el audio advierte que la acción se realiza fuera de campo.
Por ello, al final de la escena, gira la cámara para mostrar algo que llevamos tiempo oyendo, unos figurantes que juegan y bailan al son de un acordeonista que no había sido presentado —al igual que Velázquez en Las Meninas (La familia de Felipe IV, 1656), revela qué ven los monarcas mientras están siendo retratados—. Las escasas notas y la repetición machacona del tema rom, en accelerando, hasta culminar en la danza de taberna, que es otro de los elementos recurrentes del director. Produce cierto extrañamiento y sensación de danza macabra —me viene el recuerdo, tres círculos más abajo, del infierno de Calvario (Fabrice du Welz, 2004)—.

Escena de Calvario

De hecho, la repetición es el tropo que proporciona esta sensación de eternidad. Maloin no solo vive de forma rutinaria, sino que, cuando intenta cambiar su destino no puede obviar los errores de los personajes que ha observado (Brown, sobre todo). Morrison también reconstruye los hechos como buen investigador, hasta llegar a la pista de Maloin, y al final se las apaña para que todo pueda "solucionarse", como si nada hubiera ocurrido. Todo refuerza esa idea tan posmoderna de la "extinción de los acontecimientos" cuando ya no se puede evitar la redundancia —resulta inevitable la comparación con la "buenista" Atrapado en el tiempo (Harold Ramis, 1993)—. 

Trailer de Atrapado en el tiempo


P.S.: En la novela se dice que Maloin lleva treinta años en su oficio de guardagujas y que antes trabajó en la marina. Luego responde que los ferroviarios se jubilan a los 55 años, cuando charla con un gendarme. También recuerda que al subjefe Mordavin le condecoraron a los treinta y cinco años de servicio. De todo ello puede deducirse que le debían quedar pocos años para el retiro. Una eternidad en el tiempo, similar a la condena que le cae al final de la novela, incluso más que los tres o cuatro años que dura una bufanda de piel de zorro, si solo se pone los domingos. ¡Por favor, no calculen!

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La Danza de la muerte o Danza macabra es un género artístico tardo-medieval cuyo tema era la universalidad de la muerte. Se trata de un diálogo en verso y por tanto representable, en que una personificación alegórica de la Muerte, como un esqueleto humano, llama a personas de distinta posición social o en diferentes etapas en la vida para bailar alrededor de una tumba. Era usual que fueran el Papa, el Obispo, el Emperador, el Sacristán, el Labrador, Cortesanos y Posaderos. La muerte les recuerda que los goces mundanos tienen su fin y que todos han de morir. Se cree que las danzas macabras se bailaban durante las representaciones teatrales en el siglo XIV.
Este macabro espectáculo, que se prodigó en toda la literatura europea, tuvo su origen en Francia. El tema dominó la Baja Edad Media y frente a ella no había resignación cristiana, sino terror ante la pérdida de los placeres terrenales. Presenta, por un lado, una intención religiosa: recordar que los goces del mundo son perecederos y que hay que estar preparado para morir cristianamente; por otro lado, una intención satírica, al hacer que todos caigan muertos, con independencia de su edad o su posición social, por el poder igualatorio de la muerte.
Una de las referencias más famosas a la Danza de la Muerte es la que se hace en el citado film de Ingmar Bergman, en la que el personaje Fran Marley (Jof en la versión original) dice a su esposa: "Ya marchan todos, hacia la oscuridad, en una extraña danza. Ya marchan huyendo del amanecer, mientras la lluvia lava sus rostros, surcados por la sal de las lágrimas."
Fuente wikipedia

Wolgemut (1493) Tanz der gerippe. coloriert


sábado, 12 de noviembre de 2016

§83 Cálculo bezoar

En mi yo no vivo ya,
y sin Dios vivir no puedo;
pues sin él y sin mí quedo,
este vivir ¿qué será?
Mil muertes se me hará,
pues mi misma vida espero,
muriendo porque no muero.
San Juan de la Cruz, Coplas del Alma
Tras una visita reciente a Segovia, con parada en el Convento de los Carmelitas Descalzos, donde reposan los restos de San Juan de la Cruz, dejé en el recibidor de mi memoria, unos conocidos versos. Disputados aquéllos, como éstos. Fragmentados, confundidos.
Y solo unos días después, echo mano de ellos, como del paraguas con las primeras gotas, a propósito de cuán ajenas llegan a ser sus vidas o de no haberlas comprendido bien antes. 
Fuera de contexto, parece haber un gran parecido entre mística y erotismo, cuando en realidad solo comparten en el éxtasis el desbordamiento de los sentidos; se confunden experiencias e intercambian resultados, exigiendo máxima comprensión por parte del observador, inquisidor al cabo. Por ello no resulta extraño que la mística (mystikos, cerrado, misterioso) aparezca en momentos clave de la historia de las religiones (sobre todo las monoteístas) y que, cuando se acompaña de manifestaciones físicas sobrenaturales, se la relacione con la santidad o se la persiga por herética, según cuadre. Lo que me lleva al convencimiento de que la mística castellana del s. XVI logró sobrevivir por la conveniencia de su contrapeso al protestantismo; gracias a lo cual se conservó más de una obra maestra de la literatura y otras terminaron en la hoguera.
Una mirada hacia los mecanismos que la generan permite diferenciarla de una simple afición hedonista (masoquista en estos estadios). La teología define la ejercitación del espíritu para la perfección a través de dos vías, la iluminativa y la purgativa. Con la excepción para unos pocos elegidos, de alma tocada por la Gracia, sólo está disponible la vía ascética. De aquí que las privaciones forzosas en determinadas épocas o circunstancias puedan determinar una mayor propensión de los creyentes, incluso espontánea e inconscientemente.
La Bruja (Robert Eggers, 2015), nos acerca un catálogo de experiencias más o menos conocidas o reconocibles, mezclando con mesura lo natural, lo cotidiano y lo espiritual, desde el comienzo mismo, en que la familia de Thomasin abandona cierta confortabilidad por lugares inexplorados, que lindan con lo amenazador. El poblado y el bosque, como metáfora de quienes se apartan (o no) de las normas y optan por asumir riesgos.


La escena, concebida a base de la alternancia de planos y contraplanos directos, eliminando cualquier distracción, se precipita en el momento de regurgitar la manzana indigesta, que resume el triunfo de la provocación sobre la inocencia; más próxima que a las tentaciones bíblicas (Moises, Elías y Jesucristo no parecen tener repercusiones adversas al ayuno y la solitud), a las vistas en Simón del desierto (Luis Buñuel, 1965) y su erotismo irruptor en el comedimiento.
Hablando de tentaciones, largo he guardado la referencia, en cuanto a manzanas se refiere, al cuento de Blancanieves, por los hermanos Grimm, que incluye hasta tres tentaciones, una cinta de pelo, un peine y la fatídica manzana; unificadas en la versión Disney y con la radical diferencia de recuperar a la joven a la vida tras expulsar el trozo atorado en la garganta. Podría resultar que el trago de la manzana es un trance necesario para poder conseguir el deseo —la escena es tan icónica que no me ha costado encontrar el fragmento—.

Escena de Blancanieves y los siete enanitos (David Land, 1937) 

Otro detalle interesante es la utilización de la regurgitación como forma de mostrar la reversión. A diferencia del vómito, que es una reacción natural del cuerpo, el cuerpo regurgitado no ha sido alterado por los jugos gástricos y parece intacto. Guarda cierta similitud con los restos inconvenientes (de cerezas, cierto) que salen en Las Brujas de Eastwick (George Miller, 1987). Sirven para ilustrar, desde la guerra de sexos, la conexión con el demonio (menor) del erotismo que disfrutan las brujas —¡traviesas, acaso pretenden que creamos que no se daban cuenta de que les faltaban huesos!—, vanalizando de paso la contención puritana.


Una de las cosas más curiosas que cabría imaginarse salir de un estómago es un bezoar. La gema o piedra en cuestión se forma por acumulación de restos indigeribles. No parece tan increíble si pensamos en las perlas, ni tan rebuscadas si consideramos las egagrópilas con las que están emparentadas. Históricamente las de cabra fueron apreciadas como preservativo contra el arsénico, lo que es químicamente correcto. 
En el primer libro de Harry Potter, Severus Snape dice en una de sus clases: «Un bezoar es una piedra extraída del estómago de una cabra y te salvará de la mayoría de los venenos.» J. K. Rowling introdujo este detalle aun a sabiendas de que pasaría inadvertido. En la película Snape le hace varias preguntas al niño para evaluarle y solo Hermione —¡cómo no!— sabe de qué se trata.
Y con ésta son tres películas con manzana en una entrada, puesto que en el comedor de Howards aparecen centros con la fruta: ¡5x3 puntos para Gryffindor!

Escena eliminada de Harry Potter y la piedra filosofal (Chris Columbus, 2001) en YouTube

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La palabra bezoar viene del persa pâdzahr, que significa "contraveneno" o "antídoto", pues en la Antigüedad se creía que el bezoar podía curar y anular los efectos de todos los venenos. Aunque no actúa contra todos los venenos como se creía, algunos tipos de tricobezoares (bezoares formados con pelo) pueden anular efectos del arsénico. Antiguamente los boticarios alquilaban o vendían bezoares a muy altos precios.
El origen de los bezoares se encuentran en las montañas del oeste de Persia, donde dieron nombre a ciertas cabras salvajes de esa zona, ancestro de la cabra doméstica. El uso de las piedras llegaría a Europa desde Oriente Medio en algún momento de el siglo XI, siendo muy populares hasta el siglo XVIII.
Un amuleto muy escaso que valía mas que el oro. Solo reyes y gente hacendada podían permitírselos. Se utilizaban engarzados en copas de oro donde se vertía la bebida que podía estar envenenada. Así de esta forma el invitado bebía y brindada tranquilamente.
El bezoar es mencionado en el libro de Oscar Wilde El retrato de Dorian Gray (1890) como proveniente de un ciervo de Arabia, y explica que puede curar la peste. La piedra-bezoar es mencionada en la novela de Augusto Roa Bastos Yo el Supremo (1974), procede del interior de una vaca y tiene propiedades curativas y místicas. Fuente wikipedia

Copa de bezoar del tesoro del galeón Nuestra Señora de Atocha.