Con los años he adaptado algunos temas a mi aire, como el de Caribdis y Escila. Para elegir entre dos malas opciones empleo el más popular “salir de Guatemala” y si no hay alternativa, “entre la espada y la pared”.
Prefiero la roca expuesta al ímpetu de la ola como símbolo de que toda organización, por sólidos que sean sus fundamentos (o gracias a ellos precisamente), tiene en la corrupción su contraparte. No olvidemos que Caribdis, antes de ser castigada, fue una ninfa que quiso ampliar el reino de su padre inundando unas tierras. Una recalificación en toda regla.
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₰5: Corrupción
Una vez leídos los cargos, ¿cómo se declara el acusado? —Insolvente.
Odiseo luchando contra Caribdis y Escila por Heinrich Füssli (1794-1796)
Es casi seguro que la afición al cine venga determinada por la costumbre de los padres de contar un cuento al acostarnos. No tiene una razón en la continuidad con las tareas diarias, por lo tanto debe haber una relación con el mismo hecho de concluir el día y el paso a una experiencia necesariamente individual para la que nunca considerarán que nos han preparado suficientemente. De ahí las plegarias, para invocar lo benéfico, y los cuentos, evocadores de situaciones que, por muy difíciles que se planteen, se conjuran con un final feliz amañado. Con los años he olvidado (sino renunciado) hacer mis oraciones, pero continuo terminando el día con mi dosis de ficción que me permita apartar la mente de las azarosidades diarias, sabiendo que esas nuevas tramas me son ajenas y, aunque pueda haber cierta identificación con los personajes, predomine la incredulidad.
Sea por ello que esta película, más que otras por este motivo, me incite a escribir sobre las distintas lecturas que se llegan a dar a una misma historia. Ya no solamente de la distorsión que puede haber entre espectador y director; cuando leo inconscientemente los títulos de crédito del final de las películas siento por igual respeto y vértigo por la cantidad de personalidades que han literalmente manipulado la información bajo la batuta que imaginamos como la dirección. En el caso de la tradición popular es incluso más rica.
La base de los cuentos se encuentra en el cotilleo, la comidilla que por recurrente llega a rumor y chisme antes de llegar a cuento; y de ahí a leyenda, novela o historia y finalmente a mito (del griego mythos, cuento). La persistencia de los cuales se debe a su función moralizadora y al transmitirse oralmente se adapta sutil, primero, y manifiestamente, después, en pugna por mantenerse vigente ante nuevos gustos y las nuevas finalidades que se les quieran dar. Más o menos hasta quedar fijados por algún erudito que haga acopio de ellas, sin perjuicio de continuar evolucionando o de las mutaciones por traslado a otras lenguas o inclusión en nuevas colecciones.
La Mafia también es un sifonáptero familiar
La intención de Giambattista Basile en El cuento de los cuentos (c.1632) no parece ser sólo de compendiar relatos moralizadores como en la Edad Media o divertimentos al modo del Decameron; si reproduce la excusa que le da estructura de jornadas, por lo que es conocido también como Pentameron, pero con una idea más cercana a la de Las mil y una noches (Alf Layla wa-Layla) que, por cierto, no era conocida en Occidente en aquellas fechas. Sus relatos (es evidente que los hizo suyos) sirven de continente de la sabiduría popular y sus fantásticas imágenes, que habían quedado fuera de la obra de Bocaccio:
[un bosque] donde los árboles hacían de empalizada a un prado para que no fuese descubierto por el Sol, los ríos se quejaban porque al avanzar por la oscuridad tropezaban con las piedras, y los animales silvestres, sin pagar tributos, disfrutaban de su Benevento [ciudad asilo perteneciente a los Estados Pontificios] y se desplazaban a salvo por toda esa maraña.
Esto me lleva a la decisión de Garrone de llevar a la pantalla su particular visión, que no es la de la tradición, ni la del escritor —más en la línea de Passolini o de Fellini, salvando los resultados—. Su relato trata de imbricar las historias de tres reinos cuyos monarcas actúan de forma caprichosa e irresponsable, como metáfora de lo que ocurre en la Europa actual, dejando imágenes tan poderosas que probablemente despisten al espectador de la crítica implícita.
El argumento de La pulga (pasatiempo quinto de la jornada primera) queda resumido en el encabezamiento del propio Basile:
Un rey, que tenía poco en qué pensar, cría una pulga hasta que ésta se vuelve gorda como un castrado, la manda entonces desollar y ofrece su hija como premio a quien sepa decir a qué animal pertenece la piel. Un ogro la reconoce por el olor y se lleva a la princesa, que luego es liberada por los siete hijos de una vieja, mediante igual número de pruebas.
Solo se me ocurre añadir que si en los sucesos de Altomonte pueden verse trazas transalpinas, para el reino de España se hubiera utilizar La vida del Buscón, que por algo es contemporáneo, díscolo y más cercano de lo que aparenta.
Escena deEl cuento de los cuentos (2015) de Matteo Garrone [Sustituida por el trailer a raíz de la reclamación de Rico Management, causante del cierre de muchos canales YouTube y, por lo que dicen, imposible de contactar]
De la lectura del original de Basile para este fragmento, que debería haber incluido las siete proezas de cada uno de los hijos contestadas por tantas réplicas del ogro —queda para otro tipo de película—, se llega al ataque furibundo del marido ultrajado (guste o no, legítimo) al carromato de los cómicos y su madre; la habilidad de escupefuego y el malabarismo de manzanas —¡siempre manzanas! no presentes en el cuento de las que llega a ofrecer una a Violet, pero no hay tiempo—evidencia que se trata de una troupe de artistas, ya presentes en segundo plano desde el comienzo.
En 2002, durante un viaje a Bulgaria, Berlusconi compareció ante las cámaras para denunciar el supuesto "uso criminal" que tres populares personajes televisivos, los periodistas Enzo Biagi y Michele Santoro y el humorista Daniele Lutazzi, hacían de sus espacios en la RAI. Tras el edicto [búlgaro o de Sofia], los tres fueron despedidos [a estos les siguió Roberto Benigni]. Y las imágenes se enterraron en los archivos, porque ofrecían un aspecto de Il Cavaliere poco tranquilizador.
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La Academia de los Ociosos o degli Oziosi fue creada en Nápoles en 1611, durante el virreinato del séptimo conde de Lemos, don Pedro Fernández de Castro, con la intención de reunir a los mayores ingenios que se encontraban en ese momento en la ciudad. Sus estatutos fundacionales permitían ser miembros de la misma a españoles, italianos y franceses, hombres y mujeres por igual (caso de la poetisa Margherita Sarocchi).
Su irónico nombre fue sugerido por uno de sus primeros socios, Francesco De’Pietri, por oposición al afanoso negocio, es decir, como noble actividad del espíritu, en la misma línea que su lema Non pigra quies o su símbolo, un águila vigilante en lo alto de una roca —y que me gusta interpretar como ¡no va a ser todo ganar dinero!—.
Inicialmente se permitió únicamente el empleo del latín y el toscano, tanto en las disertaciones verbales como en las composiciones literarias y científicas, pero la inclusión de un relevante e ilustre número de escritores españoles en un segundo momento hizo que se autorizara el uso de nuestra lengua, por otra parte conocida por la mayoría de los napolitanos medianamente cultos.
La visita de Quevedo a Nápoles propició su rápida admisión, por ser ya un escritor famoso y admirado, además de secretario y amigo íntimo del nuevo virrey, el duque de Osuna (Pedro Téllez Girón, también conocido como Miedo del Mundo), y que dominaba las tres lenguas. Se cuenta que disfrazado de pordiosero consiguió evitar ser ahogado en el Gran Canal, como se estilaba en esos tiempos, por unos sicarios que le tomaron por lugareño, mientras ejercía de enlace con el embajador español. Un mes después al no dar con él ni con el duque, quemarían sus retratos en la plaza pública, dando por concluida la llamada Conjura de Venecia.
Es muy posible que lo que más echara de menos de la Academia a su retorno fueran aquellos interludios semanales con los más eminentes ingenios napolitanos. Su Cuento de los cuentos es un evidente eco de Lo cunto de li cunti de Giambattista Basile, uno de sus contertulios habituales.
[Félix Fernández Murga, "Francisco de Quevedo,
Académico Ocioso" en Homenaje a Quevedo (ed.) de Victor García de la
Concha, p. 45 ss.]
[Pierre Coffin dotó a Bob de un ojo de cada color como homenaje a David Bowie, a quien echamos de menos]
Abrió la espaciosa caja y Dorothy vio que estaba llena de anteojos de todo tamaño y forma... y todos ellos tenían vidrios verdes. El guardián halló uno apropiado para la niña y se lo puso. Estaba asegurado por dos bandas doradas que rodeaban la cabeza, donde se aseguraba con una cerradura cuya llave llevaba el hombrecillo colgada del cuello. Cuando los tuvo puestos, Dorothy comprobó que no podría sacárselos de ningún modo; pero, claro está, no deseaba que la cegara el resplandor de la Ciudad Esmeralda, razón por la cual no dijo nada.
Lyman Frank Baum, El maravilloso mago de Oz (1900), capitulo 10: El guardián de la puerta.
Los minions me parecen unos perfectos robaplanos. Ya en
su primera aparición en Gru, mi villano favorito (Pierre Coffin y Chris Renaud,
2010) quedó patente que la cámara les adoraba y que tarde o temprano les
llegaría el estrellato. Porque pertenecen a esa casta de personajes que mejoran
cualquier producción, con ese je ne sais quoi que vende —¡ya lo creo que
vende!—. Y por eso esta tercera entrega, de la que son los protagonistas
oficiales, fue la primera película de animación en la que no participaban ni
Disney ni Pixar que obtenía una recaudación de más de 1 billón de dólares. Una
minucia.
Su historia comienza en los títulos de crédito
(inspirados en los peces piloto que acompañan a los tiburones), que se remontan
al origen de la vida para contarnos qué les diferencia del resto de los seres
vivos: su perseverancia por servir y acompañar a un líder,
estableciendo una relación simbiótica de la que no sabemos muy bien qué
obtienen a cambio. Quizás llenar un vacío existencial. Yo tengo la excéntrica
teoría de que se trata de algo laboral y que son víctimas del síndrome de
Maripili —¡lo siento, no le puse yo el nombre, sino Carmen García Ribas
(ibidem, 2006)!— Según la doctora, el/la sumis@ Maripili quiere agradar a
todo el mundo, lucha para ser buen@ en cada uno de los papeles que le ha tocado
ejercer durante su vida, aunque esto implique un desgaste extremo tanto físico
como psíquico, y se desmorona cuando recibe un mensaje de rechazo o de censura.
Tampoco es que sean muy exigentes en cuanto a cualidades para la jefatura.
Sólo que tenga la útil capacidad de sobrevivir(les), o de quedar en pie el
último en caso de duda. Pero esto es precisamente lo que les hace tan difícil
encontrar uno duradero y no la “carta de villanía” que pueda acreditar; a la
que incomprensiblemente se alude en toda la saga. Todo ello desemboca
finalmente en su liberación del anfitrión, y por tanto del personaje de Gru (si
así lo desean en un futuro), toda vez que han logrado cerrar el círculo
argumental demostrando que su filiación se debe solo a su propia determinación.
Así que en el fondo se trata de una declaración de igualdad.
Para poder llegar a esta revelación el autor optó por
precisar algún personaje de esta peculiar horda, siendo tres los elegidos (en
el proceso se pidieron voluntarios) con un claro paralelismo entre Kevin,
Stuart y Bob y las tres huerfanitas del primer filme (Margo, Edith y Agnes),
incluido el detalle de la mascota de peluche. Este mimetismo se volverá a
repetir de forma evidente en el fragmento del concurso.
Escena de Los minions (2015) de Pierre Coffin
El trío cómico es un esquema que está plenamente desarrollado en el circo moderno desde 1870, con los estereotipos del Oliver o clown blanco, dominante e inteligente, al que acompaña el Augusto, impertinente y travieso, y el Contraugusto o Augusto del Augusto, que nada entiende y termina desastrando todo. Del espectáculo ambulante y el vodevil pasaron al cine y la televisión, caso de los hermanos Marx y, en España, Gaby, Fofo y Miliki son Los payasos de la tele.
También hay buenos ejemplos en la literatura, como en El maravilloso mago de Oz, obra de Lyman Frank Baum (1900); aunque sea más conocida la versión cinematográfica de Victor Fleming (y otros tres), El Mago de Oz (1939), donde en los tres pintorescos peones —villanos, al fin y al cabo— de la granja del tío Henry se reconoce al espantapájaros, al león cobarde y al hombre de hojalata, que acompañarán a Dorita a la Ciudad Esmeralda.
Ahora que lo pienso, el trío también fue utilizado por J.K. Rowling para su serie sobre Harry Potter (1997-2007). Su protagonista también presenta los mismos síntomas: miedo a no complacer a los demás, miedo a no ser querido, al éxito y a no cumplir con los estereotipos de la sociedad. Pero esta es otra historia con una intencionalidad diferente.
Todos estos ejemplos tienen, creo, su origen común en la Comedia del Arte, género teatral tragicómico y popular del siglo XVI. En la que aunque sus argumentos eran generalmente repetitivos, construidos a partir de una improvisada farsa amorosa, se popularizó por reproducir las tensiones sociales a partir de una trupe de personalidades reconocibles: amos y criados. Todos ellos enmascarados como en el Carnaval, lo que simboliza o facilita el engaño y la confusión que iguala a todos los estamentos.
David Robert Jones, The Thin White Duke, Ziggy Stardust,
siempre Bowie
Volviendo a la escena, ésta me interesó irremediablemente por la travesura de poder quedar atrapado una noche en un centro comercial para disfrutar de todas sus posibilidades —¡quién no lo ha imaginado alguna vez esconderse en una juguetería?—. Entre las que está, por supuesto, la de ver la programación televisiva más allá del umbral de las nueve, que en mi época señalaba la familia Telerín y su ¡vamos a la cama!
Recuerdo la programación de El Santo, una especie de James Bond televisivo que utilizaba el nombre y los atributos de santos católicos, según requería la ocasión (elección acertada para la tribu amarilla, que seguro también utiliza el santoral cuando se alumbra un nuevo minion) y Embrujada —otro caso del síndrome de Maripili, y seguramente más reconocible para el público americano que El Santo, que era inglés—. Respecto a la escenificación del concurso The Dating Game, no creo que se hiciera algo parecido en España hasta Contacto con tacto (1992-94), a su vez traslación de la fórmula de Studs de la Fox, presentado por Bertín Osborne —quien, por cierto, hubiera hecho un Gru memorable, "¡pisha, de la que no hemo librao!"— y que se recostaba en el sillón como el presentador de la cadena villana.
Según esta interpretación no resulta extraña la fascinación instantánea que les causa Scarlett y su éxito en el competitivo mundo de los villanos —“hay un hombre malo en la ciudad y ese hombre es una mujer”—.
En definitiva, los minions no quieren ser pitufos (su color es diametralmente opuesto), pero tampoco Gargamel, quien, por cierto, asiste a la convención, aunque no esté acreditado. Son mucho más trendy que Scarlett y Herb juntos. Y me gusta pensar que su torpeza y simplicidad son artificios, las armas con que pueden derrotar a cualquier oponente, y que, como en la mencionada Comedia del Arte, se ríen del espectador al que parodian, que termina riéndose de si mismo y de lo absurdo de la vida... donde todos somos minions.
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La Comedia del Arte (Commedia dell'Arte) es un tipo de teatro popular nacido a mediados del siglo XVI en Italia. Normalmente no tenía más guión que un leve boceto o canovacci (una trama neutra y uniforme en la que se puede bordar todo lo que se quiera) al que agregaban improvisaciones e incorporaban máscaras y en la que cada actor tenía un repertorio de latiguillos y bromas a partir de las cuales construía su papel. En esto se diferencia de las representaciones literarias de la Corte, donde los jugadores eran aristócratas y académicos (Comedia Sostenuta), y las del teatro sagrado, interpretado por clérigos de la iglesia.
También se la conoce por los nombres de comedia all'improviso (que utiliza la improvisación), comedia popolare o comedia de maschere (de máscaras). Sus artífices, mezcla de saltimbanquis, mimos, músicos, espadachines, malabaristas y cantantes callejeros, son los primeros artistas profesionales. Se agrupaban en pequeñas compañías itinerantes de las que tenían cierta independencia e incluso podían cambiar a otras o fundar nuevas. Inicialmente utilizaron repertorios más o menos adaptados: comedias, fábulas, pastorales y tragicomedias. Pero la necesidad de tener que divertir a los espectadores para que pagaran por verlos hizo que cambiaran los esquemas de acuerdo a los gustos populares.
Poco a poco fueron dando a las mujeres la oportunidad de subir al escenario, pues desde los griegos, el escenario había sido un lugar reservado para los hombres en todos los roles. Así, inicialmente, el papel de Columbine fue interpretado por un hombre. Una vez asumida la participación de las mujeres, el teatro alcanzó una formulación moderna.
Hay tres tipos de personajes en la comedia del arte: los zannis o bufones que representan a los sirvientes, los vecchios u hombres viejos y los enamorados. Los únicos que usan máscara son los dos primeros, que también simbolizaban la lucha entre ricos y pobres. Cada uno tenía particularidades físicas: una joroba, una pierna más corta o un gran vientre, un vestuario fijo y hablaban simulando la lengua o el acento de su lugar de origen.
Los zanni
Polichinela (Pulcinella): vestido siempre de blanco y con un gorro puntiagudo. Tenía una nariz aguileña y barbilla prominente, con voz nasal y de elevado volumen. A veces tenía joroba. Era un astuto matón que no se separaba de su garrote para darle una paliza a quien no pensara como él.
Arlequín: es quizá el personaje más famoso de la comedia del arte. Su vestimenta es un traje hecho de parches y remiendos de colores que representaba su bajo estatus. Arlequín complica la historia, siendo muy mal mensajero pues siempre se distrae cambiando los planes y equivocándose en las órdenes recibidas.
Brighella: viste con una camiseta blanca pantalones negros y una gorra verde. Es uno de los zannis más astutos, es cínico y sarcástico.
Colombina: es la doncella de la enamorada y amante de Arlequín, es inteligente y astuta. Y siempre se veía envuelta en la intriga.
Zanni: era el sirviente más pobre, hambriento y tonto de todos. Servia a Dottore, Capitano o Pantalone y nunca hacia un buen trabajo, pues se la pasaba durmiendo durante el trabajo o se escapaba buscando comida. En un principio era un solo personaje, pero después su nombre se usaría para designar a todos los sirvientes.
Los vecchios
Pantalone: es un rico mercader veneciano, avaro, mezquino y enemigo de los jóvenes. Se caracteriza por tener una nariz ganchuda, barba puntiaguda y zapatos con las puntas levantadas. Es una típica mascara veneciana de la mitad del siglo XVI. Un señor inocente y crédulo, al que siempre buscaban burlar. Es rival de Arlequín. Para ocultar su edad en su afán de atraer a las mujeres, Pantaleone llevaba una extraña indumentaria turca, que consistía en un calzón ajustado a las piernas y ceñido hasta las rodillas. Curiosamente, del recorrido de la "comedia italiana por Europa y especialmente a su paso por Inglaterra, fue la imagen de Pantaleón la que puso de moda este tipo de calzones a finales del siglo XVII, y en su honor se los llamó "pantaloons".
Capitano: es arrogante y egocéntrico, arquetipo del fanfarrón. Detrás de su fachada de coraje siempre terminaba exhibido como un cobarde que le tiene miedo a casi todo. Abundaban los personajes de este tipo con nombres como Matamore, Fracassa, Spavento (espanto), Rodomonte, Spezza-Monti (fiende-montañas), Rinoceronte, Scarabombardon, Cerimonia, Giangurgolo (Juan Bocazas), Rogantino o Scaramouche con características propias y orígenes diversos.
Dottore: representa el arquetipo del que sabe, es feliz de saber y de enseñar sus ciencias. Relacionado a los libros (doctor de doctorados más que de medicina), representa a aquellos que dicen saber y no saben nada. Su verborrea denuncia su limitado conocimiento y su gran barriga demuestra que más que el intelecto cultiva su sibarismo. Llamado también Dottore Graziano o Dottore Balanzone, mantenía una imagen de erudito porque sabía aparentarlo aunque al final de la obra siempre se evidenciaban sus errores y su ignorancia siendo castigado al igual que Pantalone y Capitano.
Los enamorados
No suelen estar definidos psicológicamente, se limitan a suspirar y dejarse enredar por sus criados. Están siempre muy distraídos por el frenesí de su pasión. De entre todos destaca Isabella que tomó el nombre de Isabel Andreini, una de las más grandes actrices de la comedia, famosa por su talento, belleza y virtud. Vanidosos, siempre esperan al príncipe azul y son incapaces de ver que lo tienen al lado. Preocupados en exceso por el día en que consumarán el amor, revisan sus posturas y su apariencia, la pureza de sus sentimientos, su poesía, pero no miran la realidad tangible. No usaban máscara pero utilizaban maquillaje, por lo general una base blanca con los labios pintados de rojo.