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lunes, 17 de junio de 2019

§92 El mágico Leteo

Yo, maestro Eckhart, doctor en Sagrada Teología, protesto ante todo, tomando como testigo a Dios mismo, que siempre he rechazado, en cuanto he podido, todo error sobre la fe y toda corrupción de costumbres, ya que esos errores son contrarios a mi condición de maestro y a mi Orden. Por tanto, si se encontrasen proposiciones erróneas concernientes a lo que yo he dicho, escritas por mí, dichas o predicadas, en privado o en público, en cualquier momento o lugar, directa o indirectamente, según una doctrina sospechosa o falsa, yo las revoco aquí expresamente y públicamente, ante todos y cada uno de los presentes...

Hace unos días recibí La escalera de Jacob (Adrian Lyne, Jacob’s ladder, 1990), una película que no veía (creo recordar) desde su estreno y de la que guardaba muy vago recuerdo, salvo por la escena de la bañera, que me hizo revivir un episodio semejante de cuando tenía cinco años y que a mi madre le pone todavía los pelos como escarpias.
Pero no quería hablar de mi experiencia, cuyos huecos han debido rellenarse con fragmentos de la película juraría que mi médico dijo exactamente las mismas palabras, sino de lo que hacía que la considerase equivocada, quizás incompleta pero que dejé pasar, sin más.
Es aquí donde debo incrustar el aviso de que lo que viene a continuación incluye opiniones que no deberían anticiparse a quienes no la hayan visto y tengan intención de hacerlo. Y ya de paso descubrir las manzanas que se han colado en su metraje.


Bien, espero que haya quedado alguien para leer esto.
Mi tesis es que Jacob Singer no muere en Vietnam. Así de contundente.
Cuando vi la película en los noventa, no había los medios para analizar y buscar con tanto detalle, ni yo tenía el tiempo y el ánimo imprescindibles para abordar tal trabajo de forma analógica. Así que pasé por alto algunas cosas que han tenido que esperarme en el limbo.
Pero antes quiero dejar claro un axioma, que me parece universalmente aceptable: el narrador SOLO puede manifestar experiencias basadas en su propio acervo, incluido aquello que ha podido trasmitirle otro narrador (y así sucesivamente), salvo que se trate de un profeta (en este caso son siempre poco precisos o ambiguos) o un viajero del tiempo. Y creo que éstos no vienen hoy al caso.
La muerte de Jacob en Vietnam se habría producido en 1971, como consecuencia de las heridas del incidente del 6 de octubre. Pero:
  • A lo largo del metraje vemos una estampa de la ciudad (skyline) con las infaustas “torres gemelas” (WTC, 1973-2001), una fiesta en un apartamento, donde suenan Lady Marmalade y My Thang, que no se editarán hasta 1974, y un cromo de béisbol de Goose Goosage de la liga de 1973.
  • Jacob es secuestrado de las puertas del juzgado en un Ford LTD de 1975, el primero de una serie con unas luces traseras diferentes aunque intuí lo del coche, el modelo lo obtuve de la lista de errores (goofs) de la película en imdb.—
  • También hay al menos un par de libros anacrónicos, La biblia de las brujas, vol. 1, de 1981 y otro con el título de Chilbirth in America que, al no tener trascendencia en la trama, puede haberlo introducido por error el equipo de arte.
Repasando la biografía del protagonista encontramos algunas lagunas, como cuando su pareja comenta que Gabe murió antes de ir Jake a Vietnam. Al existir una carta del pequeño, en que dice que su madre le reclama dinero, debemos suponer que ya estaban separados.
  • Cuando llegamos a ver las placas militares descubrimos que nació el 14 de marzo de 1945, por lo que en 1971 tenía 26 años, había pasado seis terminado un doctorado en filosofía y ya tenía tres hijos que no son precisamente bebes ¡esto si que es correr!, aunque biológicamente sea posible.
  • Pero la fecha de su nacimiento no le hubiera llevado a Vietnam. En el sorteo de selección (draft) de 1970, para los nacidos entre 1940-45, su fecha obtuvo el puesto 354 y solo se llegó a llamar hasta el 195.
Entonces ¿no es razonable pensar que pudo haber tergiversado la muerte del chaval? Pudo utilizar el trauma como excusa, haber simulado ser opositor antes de ir al conflicto —no dudo que cambiara de opinión después— o simplemente dejar que Jezzy pensara lo que quisiera. Esa mentira le habría llevado a otra y a montar un castillo de naipes.
—Aventurémonos un poco más— ¿Y si en realidad se alistó como VOLUNTARIO y eso le avergonzaba? También habría sido un motivo de peso para el divorcio.
Esto plantearía nuevas incógnitas sobre cuándo pudo morir y mensaje que esconde la película.
  • Ateniéndonos a la trama conspirativa, los soldados habrían sido drogados con BZ mezclado en las latas de comida que transportan los helicópteros de los primeros compases del film.
  • El llamado trastorno de estrés post-traumático (PTSD) es consecuente con un tratamiento a base de fármacos o el consumo de LSD y opiáceos de muchos excombatientes. Y ésta habría sido la mejor fórmula para eliminar cabos sueltos: trastorno ciclotímico, adicciones varias y paranoia que fácilmente servirían para explicar accidentes, homicidios en trifulcas, suicidios y sobredosis de la corta lista de supervivientes.
  • El melancólico y atrabiliario Jacob Singer bien podría haberse convertido en adicto y fallecer de un “mal viaje”. ¿Por qué no un colapso en la bañera de los hielos? Todo lo que vemos a partir de ese punto es delirante y parece fruto de un cerebro al punto de cocción; lo que en absoluto contradice el mensaje de espiritualidad al que apunta el libreto original de Bruce Joel Rubin, también autor del oscarizado guión de Ghost, del mismo año, con el que guarda no pocas similitudes.
En conclusión, el momento final no sería real, representaría la “versión oficial” y con el mensaje del Pentágono a continuación, negando la experimentación con soldados en combate, conseguiría, por contraposición, plasmar una denuncia ¿sutil, verdad?—.
  • Es para estudio que aún hoy no se cuestione la última escena y se asuma que lo anterior es un cúmulo de errores y no viceversa: que el epílogo es una impostura intencionada, cercana a lo que representan las figuras de Escher o la copa de Rubin, utilizadas en la psicología de la Gestalt.
  • Lo que me lleva a reconocer que Adrian Lyne nos ha manipulado a conciencia, subiendo muchos puestos en el escalafón.

M C Escher, Relatividad (1953), litografía.

Lo que si sería sorprendente es que estuviera imaginando que escribo esta entrada desde la bañera de mis padres, con cinco añitos (♫ Oh, sonny boy ♫).

domingo, 27 de mayo de 2018

₰8: Fuera de juego


Un muchacho miraba hacia un lugar indeterminado. A unos pasos había un balón y otros más allá se intuía la portería, entre dos árboles. Imaginé que estaba concentrado en el disparo, así que guardé silencio. Al cabo de un rato no tuve por menos que preguntar si le pasaba algo. Respondió que esperaba calmarse, no fuera a matar a alguien.
Ante tal extemporánea reacción, me alejé para no suscitar más violencia.
Había llegado a casa cuando me planteé si el joven no estaría entrenando hasta que vio a un conocido, seguramente cercano, querido ... ocultarse en la maleza con alguien inapropiado.




sábado, 12 de noviembre de 2016

§83 Cálculo bezoar

En mi yo no vivo ya,
y sin Dios vivir no puedo;
pues sin él y sin mí quedo,
este vivir ¿qué será?
Mil muertes se me hará,
pues mi misma vida espero,
muriendo porque no muero.
San Juan de la Cruz, Coplas del Alma
Tras una visita reciente a Segovia, con parada en el Convento de los Carmelitas Descalzos, donde reposan los restos de San Juan de la Cruz, dejé en el recibidor de mi memoria, unos conocidos versos. Disputados aquéllos, como éstos. Fragmentados, confundidos.
Y solo unos días después, echo mano de ellos, como del paraguas con las primeras gotas, a propósito de cuán ajenas llegan a ser sus vidas o de no haberlas comprendido bien antes. 
Fuera de contexto, parece haber un gran parecido entre mística y erotismo, cuando en realidad solo comparten en el éxtasis el desbordamiento de los sentidos; se confunden experiencias e intercambian resultados, exigiendo máxima comprensión por parte del observador, inquisidor al cabo. Por ello no resulta extraño que la mística (mystikos, cerrado, misterioso) aparezca en momentos clave de la historia de las religiones (sobre todo las monoteístas) y que, cuando se acompaña de manifestaciones físicas sobrenaturales, se la relacione con la santidad o se la persiga por herética, según cuadre. Lo que me lleva al convencimiento de que la mística castellana del s. XVI logró sobrevivir por la conveniencia de su contrapeso al protestantismo; gracias a lo cual se conservó más de una obra maestra de la literatura y otras terminaron en la hoguera.
Una mirada hacia los mecanismos que la generan permite diferenciarla de una simple afición hedonista (masoquista en estos estadios). La teología define la ejercitación del espíritu para la perfección a través de dos vías, la iluminativa y la purgativa. Con la excepción para unos pocos elegidos, de alma tocada por la Gracia, sólo está disponible la vía ascética. De aquí que las privaciones forzosas en determinadas épocas o circunstancias puedan determinar una mayor propensión de los creyentes, incluso espontánea e inconscientemente.
La Bruja (Robert Eggers, 2015), nos acerca un catálogo de experiencias más o menos conocidas o reconocibles, mezclando con mesura lo natural, lo cotidiano y lo espiritual, desde el comienzo mismo, en que la familia de Thomasin abandona cierta confortabilidad por lugares inexplorados, que lindan con lo amenazador. El poblado y el bosque, como metáfora de quienes se apartan (o no) de las normas y optan por asumir riesgos.


La escena, concebida a base de la alternancia de planos y contraplanos directos, eliminando cualquier distracción, se precipita en el momento de regurgitar la manzana indigesta, que resume el triunfo de la provocación sobre la inocencia; más próxima que a las tentaciones bíblicas (Moises, Elías y Jesucristo no parecen tener repercusiones adversas al ayuno y la solitud), a las vistas en Simón del desierto (Luis Buñuel, 1965) y su erotismo irruptor en el comedimiento.
Hablando de tentaciones, largo he guardado la referencia, en cuanto a manzanas se refiere, al cuento de Blancanieves, por los hermanos Grimm, que incluye hasta tres tentaciones, una cinta de pelo, un peine y la fatídica manzana; unificadas en la versión Disney y con la radical diferencia de recuperar a la joven a la vida tras expulsar el trozo atorado en la garganta. Podría resultar que el trago de la manzana es un trance necesario para poder conseguir el deseo —la escena es tan icónica que no me ha costado encontrar el fragmento—.

Escena de Blancanieves y los siete enanitos (David Land, 1937) 

Otro detalle interesante es la utilización de la regurgitación como forma de mostrar la reversión. A diferencia del vómito, que es una reacción natural del cuerpo, el cuerpo regurgitado no ha sido alterado por los jugos gástricos y parece intacto. Guarda cierta similitud con los restos inconvenientes (de cerezas, cierto) que salen en Las Brujas de Eastwick (George Miller, 1987). Sirven para ilustrar, desde la guerra de sexos, la conexión con el demonio (menor) del erotismo que disfrutan las brujas —¡traviesas, acaso pretenden que creamos que no se daban cuenta de que les faltaban huesos!—, vanalizando de paso la contención puritana.


Una de las cosas más curiosas que cabría imaginarse salir de un estómago es un bezoar. La gema o piedra en cuestión se forma por acumulación de restos indigeribles. No parece tan increíble si pensamos en las perlas, ni tan rebuscadas si consideramos las egagrópilas con las que están emparentadas. Históricamente las de cabra fueron apreciadas como preservativo contra el arsénico, lo que es químicamente correcto. 
En el primer libro de Harry Potter, Severus Snape dice en una de sus clases: «Un bezoar es una piedra extraída del estómago de una cabra y te salvará de la mayoría de los venenos.» J. K. Rowling introdujo este detalle aun a sabiendas de que pasaría inadvertido. En la película Snape le hace varias preguntas al niño para evaluarle y solo Hermione —¡cómo no!— sabe de qué se trata.
Y con ésta son tres películas con manzana en una entrada, puesto que en el comedor de Howards aparecen centros con la fruta: ¡5x3 puntos para Gryffindor!

Escena eliminada de Harry Potter y la piedra filosofal (Chris Columbus, 2001) en YouTube

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La palabra bezoar viene del persa pâdzahr, que significa "contraveneno" o "antídoto", pues en la Antigüedad se creía que el bezoar podía curar y anular los efectos de todos los venenos. Aunque no actúa contra todos los venenos como se creía, algunos tipos de tricobezoares (bezoares formados con pelo) pueden anular efectos del arsénico. Antiguamente los boticarios alquilaban o vendían bezoares a muy altos precios.
El origen de los bezoares se encuentran en las montañas del oeste de Persia, donde dieron nombre a ciertas cabras salvajes de esa zona, ancestro de la cabra doméstica. El uso de las piedras llegaría a Europa desde Oriente Medio en algún momento de el siglo XI, siendo muy populares hasta el siglo XVIII.
Un amuleto muy escaso que valía mas que el oro. Solo reyes y gente hacendada podían permitírselos. Se utilizaban engarzados en copas de oro donde se vertía la bebida que podía estar envenenada. Así de esta forma el invitado bebía y brindada tranquilamente.
El bezoar es mencionado en el libro de Oscar Wilde El retrato de Dorian Gray (1890) como proveniente de un ciervo de Arabia, y explica que puede curar la peste. La piedra-bezoar es mencionada en la novela de Augusto Roa Bastos Yo el Supremo (1974), procede del interior de una vaca y tiene propiedades curativas y místicas. Fuente wikipedia

Copa de bezoar del tesoro del galeón Nuestra Señora de Atocha.

domingo, 24 de abril de 2016

§70 El cabo suelto

Como afirmó en cierta ocasión Sherlock Holmes: «Es un craso error elaborar teorías antes de contar con los datos».
Katherine Neville, El Ocho (1988), p.141

Hace aproximadamente un año comencé a extraer escenas de películas, intentando ilustrar que también a veces el bosque no deja ver las ramas, a raíz de un comentario desatinado de entre cientos de ellos del mismo tipo. Como hacía poco que había visto El último concierto (2013) de Yaron Zilberman, donde Christopher Walken obsequiaba a sus alumnos con una lección magistral, de dos supuestos encuentros con Pau Casals, en la que se alababa cualquier pequeño detalle sobresaliente que, por aportar un algo de belleza, singularidad o qué sé yo (ese je ne se qua tan difícil de traducir), por encima de cualquier comentario de los que sólo juzgan contando los errores, me pareció una forma concisa y elegante de zanjar el asunto. Tenía los conocimientos y los medios no serían un problema —alguna que otra concesión sin importancia, me dije—. Entonces me topé de bruces con el muro de los derechos de autor, el propietario legal y otras cortapisas que hicieron que tuviera que estrujarme la sesera para no dejar a aquél sin una respuesta.
[Ahora me comunican que el video no se verá en algunos tipos de dispositivo, pero sí en YouTube]
Visto ahora, reconozco que nunca creí que el esfuerzo sirviera para algo más que calmar mi desencanto y que aquel comentario junto con mi réplica estarán reposando en el pozo sin fondo de las discusiones pasadas. Pero el ejercicio no fue del todo en balde (al menos para mi), y ahora sigo entresacando momentos cinematográficos y esforzándome en darles un contenido personal —sin mucho ruido, cierto, pero no es lo que busco— como forma de airear mis demonios.
Así que gracias a la historia del violonchelista había encontrado un camino entre mis errores, que disfruto sorteando casi cada semana. No puedo ufanarme de haber pronunciado una sola frase trascendental, pero quedar impasible tampoco me parece una alternativa aceptable.
En estos tiempos, la posibilidad de acceder inmediatamente a cientos o miles de películas ha convertido al espectador habitual en un crítico implacable por la simple acumulación de títulos. El número de comentaristas ha crecido de forma exponencial (hay casi tantos como seleccionadores nacionales) y tienen un abrumador denominador común: la opinión de que cada vez se hace peor cine, que no hay creadores, que se repiten las fórmulas y que se reciclan ideas. Algo de eso hay, pero también lo hubo, pues la historia del cine está repleta de nuevas versiones de viejas historias que por mor de probar algo nuevo, suponen un avance (los retrocesos también lo son, vistos con la suficiente perspectiva).
Quizás sólo los aspectos técnicos más sofisticados se salven de la quema, justo el tiempo que media hasta que alguien saca una aplicación que hace lo mismo con la disponibilidad de un móvil, por poner un ejemplo.
El tiempo es lo que hace que todo vaya tan rápido.
No puedo estar de acuerdo.

Escena de Backtrack (2015) de Michael Petroni

Cuando una película transita el territorio de la psiquiatría, los sueños y los fantasmas del pasado, es fácil esgrimir varias referencias cinéfilas y que muchas veces sea  acertado conectarse con esta nueva mitología postmoderna; el buscador de originalidades debe ser consciente de la trampa de hacer juicios precipitados y la contradicción implícita que supone.
Por ello el controvertido personaje que interpreta Sam Neill (doblado por Manolo García, que también dobla a Walken en la mencionada cinta) resulta ser un recurso conveniente para que el protagonista pueda analizar lo que le está ocurriendo, sin tener que recurrir a la narración interior, estableciendo una relación médico-enfermo paralela a la que Adrian Brody mantiene con sus pacientes.
Desde las primeras líneas se establece la jerarquía de personalidades en un diálogo que comienza como un interrogatorio: el profesor indaga en los síntomas describiendo una trayectoria envolvente mientras que el alumno evita el enfrentamiento, hasta que termina sentado en el banquillo, reconociendo que tiene un problema. 
La cita a Jung evita tener que utilizar el término psicoanálisis y sugiere la represión como el mecanismo de defensa utilizado frente al trauma (no necesariamente sexual, como defendía Freud), la importancia de los sueños y la necesidad de profundizar en ellos para su correcta interpretación. Justo en este momento, el protagonista se sumerge y trasciende la terapia —la precipitación hace que parezca un poco forzado—, lo que da pie a comentar la imagen de Pieter Brueghel, Paisaje nevado con trampa para pájaros (1565), que sirve como punto de inflexión en la trama y fija el quid en un suceso del pasado del protagonista, lejos de todo aquello que hemos visto y sobre todo del acontecimiento que marca su tragedia.
Como anécdota, hay dos anomalías que serían borrones en otro tipo de película: la pared y los cuadros entre los que está el Brueguel no concuerdan con la sala que hemos visto y, sobre todo, que el cámara confunda la ventana dentro del cuadro con el hueco por el que se oculta el extremo de la cuerda —quiero pensar que puede explicarse como fruto del desarreglo del personaje y que aún no pueda mirar directamente la causa, como no pudo recordar qué le distrajo justo antes del accidente; pero es una disculpa que se me ocurre a vuelapluma—.

Esta es la copia del Prado realizada por Brueghel el Joven en 1601
Curiosamente este cuadro también fue retratado en El Espejo (1975), de Andrei Tarkovski, donde el pájaro representa el alma vital (o alguna de sus cualidades, como la inocencia); aunque siempre es resbaladizo interpretar los elementos introducidos por este director, que defendía que sus imágenes no significaban más allá de ellas mismas y que quedaban justificadas en su excepcionalidad. Y la trampa puede aludir a la indefensión frente la sociedad, que continúa con sus juegos, ignorante (o no).
Inquietante imagen, máxime por su naturalidad apacible.

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Paisaje nevado con patinadores y trampa para pájaros (hacia 1601. Óleo sobre tabla, 40 x 57 cm.) del Museo del Prado es una de las copias del original pintado por Pieter Brueghel el Viejo en 1565 hechas por su hijo, Pieter Brueghel el Joven, a partir de 1601, puesto que la copia del Kunsthistorisches Museum de Viena, que se considera la más antigua de estas copias del hijo, está firmada y fechada ese año. A los pies del espectador se abre un amplio panorama ocupado por una aldea con un canal helado que serpentea entre las casas. A lo lejos, en el horizonte, se recorta el perfil de una ciudad. Sobre el hielo figuran numerosos personajes patinando o jugando al colf —veo también un grupo practicando curling—, un juego que tiene su origen en el siglo XIII y que hizo furor en el XVII, hasta el punto de que los gobiernos municipales se vieron obligados a publicar numerosas regulaciones para restringirlo a determinadas áreas fuera de la ciudad. Finalmente quedó prohibido. Sobrevivió en Escocia y desde allí volvería al continente en el siglo XIX transformado en el golf actual. La unidad y la exactitud descriptiva invitan a pensar que Pieter Bruegel el Viejo copió un paisaje real. Sin embargo, como es habitual en este pintor, el naturalismo es aparente. El papel preponderante de la jaula de pájaros a los pies del árbol que se eleva en el primer plano y la presencia de los patinadores han llevado a algunos autores a interpretar esta escena como una alegoría moralizante sobre la fragilidad de la existencia humana, que está expuesta a peligrosas trampas. Fuente Museo del Prado